
Llueve.
Los carajitos se preparan para salir a retozar. Descalzos, pantaloncillos heredados del hermanito mayor (si, con nuditos a los lados), y un galón de aceite cortado por la mitad sobre sus cabezas derramando agua recién aparada del tubo de la azotea de la casa color tayota.
A la verdad que se veían lindos, con sus costillitas en secuencia y sus barriguitas brillosas recordando que Somalia se esta acercando cada día mas a esta isla.
Sus caritas felices, correteando calle abajo, haciendo competencia con las fundas llenas de basura que descendían hacia la alcantarilla, que algún cochambroso haragán no pudo llevar al basurero. Rebosantes de alegría se reguillaban tirándose naranjas, tomates y panes viejos que botaban los de la panadería (si, si, si antes de que se pusiera de moda el pudín de pan).
Entre tanto los niños gozaban Chago y Sebastián miran con caras lánguidas a los demás detrás de la puerta de hierro. Su madre no los deja salir porque se aprietan y no la dejarían dormir por la noche. La doña esta afuera con una funda de ¨La sirena¨ en la cabeza y sin chancletas tratando de salvar la alcantarilla que se ahoga en su propio vomito y vociferando reclama a sus retoños diciendo: ¡ Cooooooooooooojan pa´lla deeeeeentro! ¡No cojan ese sereno caraaaaajo!
Los niños se encolerizan y se arrellanan en las mecedoras de guayacán y guano, muriendo de aburrimiento, por que como de costumbre cada vez que llueve se va la luz.
Sebastián relaja a Chago , Chago pescocea a Sebastián, se enfrentan a los puños , uno muerde a otro. Mocos, lagrimas y arañazos terminan cuando tronando se separan y acabando el pleito ambos se dan en el pecho clamando ¡Jesús, María y José!!.